viernes, 25 de marzo de 2016

El momento de la semana santa: el Cachorro

A lo largo de la semana existen muchos momentos, tantos como personas, sensaciones, sentimientos. Para mí existe un momento sublime, que te reconcilia con las tardes de lluvias, cancelaciones, frío y sillas vacías en Campana, y es cuando el Cachorro enfila por Reyes Católicos, cuando su figura se ve recortada tras un cielo despejado, azul, con el sol de la tarde obsequiandonos con cada minimo detalle que se puede apreciar en su totalidad. Uno de los últimos días que debería anunciar pesar por el fin de la semana se convierte en algo totalmente festivo. Como si nos diera una prórroga, como si todo volviese a empezar de nuevo. Todo el mundo se echa de nuevo a las calles con los mejores vestidos, con los mejores ánimos, como si no pesara nada estos días de cofradías. Capaz de borrar de un plumazo toda la resaca de la Madruga, todo el cansancio acumulado. Una ultima saeta antes de entrar en Campana y el crucificado de Triana que en su momento tallase magistralmente Ruiz Gijón plasmando el gesto agonico del gitano moribundo, se va hasta el año que viene.

jueves, 24 de marzo de 2016

La centuria macarena

La centuria lleva guardando la formación todo el año, demostrando una paciencia y una disciplina prodigiosa. Todos los jueves se presentaban como un clavo en la calle Feria, reclamando el espacio que le pertenece, reclamando territorio macareno, conteniendo la ansiedad que genera la proximidad del jueves santo, la proximidad de la madruga, la proximidad del desfile que reparte alegría, ilusión y venias al señor de Sevilla. Durante todo el año, en un rinconcito de la calle feria ha sido jueves santo, ha sido víspera de madruga. Muchos más días soleados que grises en la espera. Hoy el sol iluminará el jueves santo, nos iluminará el camino, nos obsequiara, nos regalará un día inmejorable para el disfrute, acorde con La Pasión del día. Hoy veremos a la centuria macarena

martes, 22 de marzo de 2016

El lunes Santo, el Museo y las carreritas

Y cayó la mundial. Nos cayó la mundial. Tras sortear como se ha podido durante estos días las inclemencias del tiempo, tras tanto ajuste y reajuste el cielo cayó el Martes sobre las cofradías y la gente que había a esa hora en la calle. Tardes de café, chocolate caliente y torrijas, a salvo también del frío que aparece en cuanto para de llover. Ayer se partió el día por la mitad. Nos dejó un placido atardecer para ver las cofradías. Cuando el cristo del Museo entraba en Campana se asento en la plaza del Duque una agradable sensación a humedad y quietud inmejorable para observar la majestuosa talla que Marcos Cabrera hizo en el siglo XVI. La anatomía de la talla, la expresión, la postura, entró en Campana y con ÉL el Lunes Santo, que medianamente consiguió salvarse en el descuento, como aquel que dice. Me disponía a marcharme, antes de la llegada del palio, cuando me sobresalto de repente un fuerte golpe a mi izquierda, al mirar me encontré con la avalancha de gente que corría despavorida no se sabe muy bien de qué. Desde siempre he visto en Semana Santa peleas, algún que otro borracho que deambulaba por mitad de la cofradía como el que va por su casa, alguno que otro que siempre la liaba, pero la gente JAMÁS salia corriendo llevados por la histeria, antes bien mandaban a callar, se echaban encima del que sea o llamaban a la policía. La Semana Samta la hacemos entre todos, todos somos responsables de alguna manera. A mí por poco me dejaron caer encima de un carrito de niño pequeño y en un arranque de indignación intente aplacar junto con otras personas a los que corrían despavoridos sin saber muy bien de qué. Resultado: niños pequeños llorando, nervios, chavalitas jóvenes que lloraban abrazadas...y todo por nada. Menos carreras y más arrojo hacia los que perturban el orden procesional, hacia los que perturban el saber estar de la inmensa mayoría.

lunes, 21 de marzo de 2016

Los dos primeros dias

Ay, ay, ay. Ay, ay, ay...se ha cumplido finalmente hoy. Ayer, en un escorzo de los acontecimientos, en un giro de las previsiones y cuando se esperaba un día negro en muchos aspectos, se salvo e incluso se mejoró el Domingo de Ramos. Ayer, muchos se pusieron las túnicas con las emociones agarradas al pecho, hicieron el camino a la hermandad con la incertidumbre de un dia puñetero, gris, que de vez en cuando dejaba caer alguna gota que amenazaba arruinar el dia tan esperado, pero como iba diciendo, el día se salvo y hasta mejoró. Esos pequeños desajustes al inicio del día nos permitieron ver a la Borriquita y al Amor compartiendo estación de penitencia. Ha sucedido pocas veces, últimamente más, precisamente por cuestiones meteorológicas, pero ver todo el cortejo desde la intimidad y cercania de una calle estrecha es una de las estampas de nuestra eterna semana santa, siempre trufada de sensaciones y emociones. Desde el contraste de los pequeños nazarenos vestidos de blanco acompañados por sus madres y que risueños reparten caramelitos y estampitas a todo el mundo , hasta la sobriedad, el silencio y la seriedad de los adultos vestidos con antifaz negro y que acompañan al cristo del Amor tallado por Juan de Mesa en el siglo XVII. La espera merece la pena. Uno se siente un privilegiado por unos instantes cuando al mirar hacia arriba se encuentra con la expresión majestuosa, sobrecogedora que en su día realizara el genio imaginero, cuando al mirar hacia arriba ve la mismísima expresion caída de la muerte del hijo de Dios, de un profeta, de una persona, que se va a encontrar con lo inevitable. Hoy, el destino, el tiempo, ha querido que llueva y se han visto las primeras lagrimas de tristeza y frustración. Habrá que posponer la festividad y la salida para el año que viene si el tiempo acompaña. Esta vez toca recogimiento e intimidad. Muy especialistas en esto todas las hermandades y gente comprometida que durante el año recogen el pulso de los más necesitados, de todos aquellos que se acercan pidiendo ayuda y son aliviados de buena parte de esa carga tan pesada que es la necesidad.

sábado, 19 de marzo de 2016

La dulce espera

Cuarenta días llevan esperando. Toda la cuaresma. Sin inmutarse, sin descomponerse lo más mínimo gracias a la calidad del chocolate con el que están hechos. Han soportado a niños acompañados por sus padres que le daban golpecitos al cristal, a curiosos que los señalaban con el dedo mientras cuchicheaban, también a multitud de guiris que llevados por un frenesí de reporteros gráficos frustrados veían en ellos algo insólito, una noticia destacada para enseñar a sus paisanos en el viaje de vuelta. Han visto como se modificaba a contrarreloj el paisaje de la Campana, como colocaban las primeras pilas de sillas y vallas y los primeros faldones en los balcones. Han visto las primeras gotas de lluvia y las primeras ráfagas de viento impertinentes de la primavera. Les han subido y bajado dos veces al día la reja de la confitería en sus propias narices. Algunos de ellos, algunos compañeros, han sido victimas de la glotonería humana sin que su número y compostura sufriera merma alguna. Todo lo han soportado con una estoicidad inconmensurable, que marcará el camino sin ninguna duda a sus hermanos mayores, a los de carne y hueso, cuando comiencen a pasar mañana delante de ellos si el tiempo lo permite. Serán testigos mudos de una nueva semana santa, entre lo solemne y grande que pase ante ellos y el bullicio lleno de vida, conversaciones animadas y correrias infantiles entre los veladores colocados tras ellos. Formarán parte de nuevos recuerdos infantiles en una nueva semana santa. Y siempre estarán ahí para recordarnos que una vez todos fuimos niños.

viernes, 18 de marzo de 2016

Un asuntillo sin importancia: el agua que consumimos todos

Creo, tengo la sensación, que en los próximos años se nos vendrá encima a todos los españoles un problema de tamaño colosal. Y que como siempre, nadie verá venir hasta que sea demasiado tarde y se proponga como solución alguna que otra manifestación y lecturas de manifiesto Por aquí todo se soluciona de la misma manera, saliendo a la calle a dar tres voces y siendo más original que ninguno en los lemas o en las cosas que se dice. Me refiero al asunto del agua. Durante todos estos años, durante todos estos inviernos, ha llovido y nevado hasta aburrir. Hemos enlazado de manera consecutiva un temporal tras otro que nos ha dejado inundaciones y embalses llenos.  Hemos tenido temporadas muy lluviosos que nos han durado hasta bien entrada la primavera y que han roto las estadísticas en cuanto a semana santa o ferias con más precipitaciones. Recuerdo que cuando iba al colegio nos enseñaban que, sobre todo en el sur, teníamos una climatología extrema, es decir, que lo mismo había largas temporadas de lluvias que lo mismo dejaba de llover para dar paso a largas temporadas en las que no caía ni una sola gota. Hace un poco más de veinte años tuvimos restricciones de agua. El agua se cortaba a las seis o a las siete de la tarde, no lo recuerdo bien, y se volvía a dar por la mañana.  Recuerdo que siendo yo un niño se repartían pegatinas por todos los establecimientos, recordándonos lo necesario que era mantener el grifo cerrado para no desperdiciar el agua que no íbamos a utilizar. El tema llegó a ser de gran preocupación. La vida que llevamos - ya sea buena, mala o regular- en nuestra ciudad, rodeado de amigos y conocidos, la llevamos porque tenemos la posibilidad de disfrutar y pagar el agua que sale por los grifos. Damos por supuesto algo que quizás no es tanto: que siempre va haber agua. Durante todos estos años de crecimiento de la población, de crisis política y económica, de trasvase de dinero público a bolsillos privados de manera ilícita y de una infinidad de preocupaciones ya fueran reales o inventadas, me da la sensación que muy poco tiempo y dinero se ha utilizado en adecuar la nueva situación hidrográfica a las nuevas exigencias de una población mucho mayor. Quiero pensar que se ha destinado esfuerzos en adecuar instalaciones y mejorar y superar la capacidad de embalse en nuestro país; sin embargo, en cuanto se lleva unos cuantos meses sin llover en cualquier región de nuestro país, los meteorólogos ya comienzan a rescatar el término de sequía y comienzan a hablar de embalses vacíos o semivacíos. Da la sensación que de nuevo estamos viviendo por encima de nuestras posibilidades, esta vez hidrográficas, y que la única voz de alarma proviene del meteorólogo que tiene que intentar esquematizar en pocos minutos todas las observaciones de su ciencia al final del telediario. Espero que sea una ilusión, que yo esté equivocado....y que no se tire sin llover más de lo necesario.

miércoles, 16 de marzo de 2016

Sevilla la pequeña, Sevilla la chismosa

Enciendo el televisor y veo con cierta inquietud que la cadena "enrollá" ha mandado a Sevilla un reportero de aspecto muy pintoresco. Está dando la entradilla desde la puerta cerrada de una antigua iglesia. Según parece, uno de los habituales a sus programas, alguien que mantienen en nómina con carácter de interinidad va a celebrar algo. Mis ligeros temores se hacen realidad cuando por fin oigo la primera frase: ....si viviera en Sevilla me acercaría a la iglesia.... Luego, toda una batería de estereotipos y gilipolleces que me dejan enmudecido. Contemplo ese ejercicio "periodístico" y de "debate" y me espanta que esa gente, esa manera de actuar, pueda llegar a tener algún tipo de influencia entre sus asiduos televidentes, que todo lo que digan desde una cuidadosa postura a la hora de sentarse en una silla, desde unas ropas de marca y horas de peluquería adquiera carácter de verdad inamovible y que todo ese proceder y palabras sean tomados como algo culto y con rigor.
Cada vez que alguno de sus interinos organiza algo en Sevilla - ciudad que según parece es una auténtica cantera para este tipo de negocios- utilizan el nombre de la ciudad, secuestran la realidad social de la ciudad, para amoldarla a sus propios intereses y naturaleza. Se oyen continuas frases del tipo ...por Sevilla corre un rumor... Sevilla es muy pequeña....En Sevilla se conoce todo el mundo..., que desvirtúan por completo el carácter y el verdadero tamaño de la ciudad. La reducen con sus palabras al valor infimo de un pueblucho chismoso donde todo el mundo está cortado por el mismo patrón . Es como si pretendieran hacer creer que "Sevilla" funciona y se maneja de la misma manera que ellos con sus negocios de chismorreos y prejuicios. Dan una imagen totalmente irreal y distorsionada de la ciudad y sus habitantes.
Sevilla es muy grande tanto en extensión, como en número de habitantes y, por supuesto, en historia. Se encuentra entre la cuarta o quinta ciudad de España en cuanto a número de habitantes, que suma 700.000, si se le suman los de los pueblos el número se duplicaría. Tiene el casco antiguo más extenso de Europa, superando al de Londres, por toda esa historia de que fue el puerto de indias, cuando lo del imperio, las colonias y todo eso. El pulso de la ciudad, el día a día, no lo marca el chismorreo de turno ni ningún friki televisivo. Y la vida de sus habitantes no gira alrededor de cualquier evento que celebre alguno de estos, que tendrá su círculo de amistades y conocidos, pero que no implica a "Sevilla entera", ni muchisimo menos. Entre
sus infinitos episodios históricos la ciudad fue muy conocida por su imprenta, que a su vez fue precursora de la primera imprenta que se estableció en América, en Ciudad de México, lo que dice mucho de su historia antigua.
Sevilla no es una calle en la que salen las marujas a tender la ropa mientras comentan la última jugada del personaje televisivo de turno como si lo conocieran de toda la vida. Sevilla es muy grande, tanto como las necesidades que la acucian en muchos aspectos. De entre los diez barrios más pobres de España, siete se encuentran en Sevilla, y el barrio más pobre se encuentra precisamente en esta ciudad, por ejemplo. Que todo hay que decirlo. Tal vez sí sea muy pequeño el circulo elitista y perfumado que esta gente suele frecuentar para hacer negocio a base de conocer la vida de unos y otros articulada en personalidades especialistas en egocentrismo y chismorreo. Un negocio muy rentable, que da pingües beneficios, que desplaza la auténtica realidad y que confiere con el barniz de la eminencia a cualquiera que aparece en televisión.